Enamorarse

Vivimos en una sociedad y en una época tan enfocada a los resultados que no sabemos disfrutar cier-tas cosas si no les vemos el “para qué”, la utilidad. Y sobre todo si no sabemos con antelación dónde nos portarán. Pero eso, no lo sabremos nunca.
Enamorarse de alguien es algo para ser disfrutado independientemente del que pueda acontecer, de la forma que pueda tomar esa conexión, porqué enamorarnos nos revitaliza. Cuando nos enamoramos nos sentimos más activos, nuestro cuerpo y nuestras emociones están más presentes y más despiertos y, en consecuencia, más abiertos y receptivos. Es como si la vida tuviera, de repente, más colores, nos fijamos en los detalles y podemos apreciar cosas que puede que antes nos pasaran desapercibidas. Estamos más atentos y sensibles.
Todo esto es como una ola de renovación de nuestra energía, una ola que viene y nos sacude del es-tancamiento y la inmovilidad emocional a la cual llegamos en determinados momentos de nuestras vidas. Una ola que nos despierta hacia lo que hay a nuestro alrededor. Porqué cuando nos enamora-mos sentimos más nuestro cuerpo, el corazón bate más fuerte cuando la persona a quien queremos se acerca, cuando la encontramos en un lugar inesperado. Las piernas tiemblan si nos habla, si nos toca… Sonreímos si escuchamos por casualidad una música que resuena con lo que estamos sintiendo… Es como si todo el mundo nos diera señales, nos reflejara nuestro estado de enamoramiento.
Se trata de un cambio energético que tiene el efecto positivo de “limpiarnos” de emociones tóxicas y de remover toda la energía que pueda estar bloqueada debido a duelos pasados. Por eso debemos permitirnos y disfrutar del enamoramiento, saber apreciar y aprovechar su efecto revitalizante.

Sin embargo, también hay que decir que muchas veces no podemos disfrutar de sentirnos enamora-dos. Tenemos la tendencia de adelantarnos a lo que pueda estar pasando en el presente y proyectarnos en el futuro para anticipar lo que podrá pasar. Cuando hacemos esto, nos desconecta-mos de nuestros sentimientos y nos volvemos prisioneros de nuestras mentes. Y a la mente no le in-teresa sentir y sí saber: “¿Será que algún día me querrá? ¿Se habrá fijado en mí? ¿Sabrá que existo? ¡Oh! ¿Y si se apercibe de lo que estoy sintiendo? ¡Qué vergüenza! ¿Tendrá novia? ¿Cuál será su signo? Ahora ya sé que los jueves va al gimnasio. Irá cada jueves. ¡O mejor, no volveré nunca más y pararé esta tontería sin sentido!”
Es inevitable, esta actividad mental. Aquí salimos de la magia del sentimiento y empezamos a juzgarlo, a intentar controlarlo, a intentar controlar la situación. Porque delante de la intensidad del que sentimos nos resulta difícil sostener la incertidumbre del que podrá, o no, pasar.
Pero parte de la magia del enamorarnos es precisamente el no saber. Cuando sentimos y podemos atravesar el no saber estamos más en el cuerpo y en el corazón y, en consecuencia, generamos salud. La energía del enamoramiento es una energía de creación y, con sabiduría, podremos aprovecharla y canalizarla a nuestro favor, independientemente de cómo se desarrolle la relación. Para aprovechar, esa energía, hay que permitir los sentimientos, permitir que fluyan dentro de nosotros como si fueran agua. Y hay que apreciar la intensificación sensorial y emocional que puede desconcertarnos, por-que nos hace sentir diferentes, porque aporta caos a nuestros días tan bien organizados. Pero de eso se trata, de recibir ese caos temporal con el corazón abierto, de despertar del letargo y de la pasividad y sentirnos partícipes activos y creadores de nuestras vidas.

 

 

Detalle da la pintura «La danza», de Rassouli

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